sábado 4 de julio de 2009

Algo mejor





Por Rubén García Cebollero


Julio, el mes, está decidido a fundirnos los plomos. Quizá por eso he buscado refugio en el estanco, el de Julia Otxoa, que no tiene la frugalidad de los Estancos del Chiado, de Fernando Clemot, pero que va para Paula y para todos aquellos que, de vez en cuando, esperan otra realidad mejor:


...Desde que abrió el estanco carece de licencia para vender sellos, porque para lograrla había que pagar un impuesto demasiado alto y ahora que podría pagarlo, la Administración no se la concede porque ha rebasado la edad, le dicen, y debería estar ya jubilado. Pero él nunca ha tenido valor para decírselo a sus clientes, porque ¿dónde se ha visto un estanco sin sellos? Y espera que se vayan a comprarlos a otro estanco, pero no se van y vuelven, y él tiene que fingir una realidad que nunca ha existido.


El fragmento pertenece a "el estanco", dentro del libro "Un extraño envío", relatos breves, que en su mayoría no me resultan significativos. Sin embargo, ¿a cuánta gente no sentimos fingir una realidad que nunca ha existido?


Quizá media Humanidad sea sin saberlo Pessoaísta, y esté fingiendo el dolor tan completamente que llega a creer dolor el dolor que en verdad siente. Y la otra media Humanidad espera, de espaldas, otra realidad mejor.

viernes 3 de julio de 2009

SIMPLEMENTE HUERFANA


Acababa de firmar los papeles de la adopción en un aséptico despacho de hospital. Los veía doble, ebria todavía de anestesias, y me entraron ganas de vomitar encima de los testigos, ésos mozos de punta en blanco que me acababan de traer en camillera calesa, de mi visita al parque de atracciones médico, dónde tenía pase VIP (very incomprendida paciente), abono de largas temporadas y visado de varias autonomías.

Mí recién adoptada, aunque vieja conocida, seguía sin nombre aún pasada la mayoría de edad. El seguidor de Hipócrates y su sesudo equipo me la entregaron entre juramentos, reconociendo el fracaso de sus múltiples intentos de bautizarla con abecedarios galénicos. Así que le llamaron, complicada como era, simplemente: La huérfana.

Como decía Santa Teresa y yo apostillo, Mi huérfana vive sin vivir en mí y sin dejarme vivir. Se baña en mi mediterráneo, se perfuma con aromas de mi duro Maestrazgo, se come mi dominical paella familiar, vota en el mismo censo e incluso compartimos genético DNI.

La miro y la jodida sale fea hasta en los papeles, en los que es protagonista. Su analítica voz son susurros asmáticos, que cuando se cabrea, lo llenan todo de desagradables pitidos. Su escaneada cara es de un pálido nada romántico, donde los ojos destacan entre rojos conjuntivitis, su nariz se esconde asustadiza entre los pómulos, por miedo a los estornudos y su contagiosa boca es una pista de patinaje de dientes, que bailan al son de los últimos virus del momento.

Los sofisticados diagnósticos por imagen muestran su cuerpo de parásito, perfectamente adaptado para nutrirse de dolor, que usa el colágeno de garra para asirse a su huésped con largas cadenas de ADN, y que cuando ve peligrar su comida se enquista para invernar, entre tendones blanditos, tejiendo capullos para salir más agusanado en primavera, acompañado de una cohorte de alergias.

Pero aún así, su carácter es con mucho lo peor y consigue empeorarlo día a día. No le basta con abusar y poseer mi cuerpo hasta extenuarlo, con invadir traicioneramente los pechos que le dieron de mamar, con haberse comido mi útero , tras su concepción, con su depredador instinto, ese que repite el himno de los maltratadores: Solo mí@....

Además, quiere apoderase con insanas artes de lo no desechable de mi envase, de esa Esencia sin la cuál, el dolor deja de ser aprendizaje para ser rabia, donde la esperada curación pierde la fuerza de querer vivir, por el lastimero placebo de sobrevivir a cualquier precio. En resumidas cuentas: de mi libertad de ser.

Por Ella, por obtener esa libertad, acabo de firmar el papel. Ya es hora de que, sin rendirme, la reconozca como fruto de un revolcón de genes de algún recesivo y lascivo antepasado, que me pasó el marrón vía consanguínea y por fin, la acepte como Mi misteriosa hija de puta.

Ya en casa con mi hija a cuestas y ambas cansadas del ritual de reconocernos, aprovecho la tregua para sacar el álbum de la “cruz roja “ y guardar las fotos de un día tan señalado .La primera que encuentro es la última ecografía de mi corazón, que se ve espléndido. Ella ni siquiera se ha asomado por sus ventrículos, ni ha desintonizado sus aurículas, ni tan siquiera ha paseado sus andares gelatinosos por sus arterias.

Creo que es una señal de que, a pesar de todo, le gusta sentirse acunada por mis latidos, arropada por mensajes de ternuras y que por eso, en su devastador viaje por mi cuerpo, nunca coge el principal ascensor.

La miro dormida en la corva de mi rodilla izquierda, su lugar predilecto, y le lanzo una cómplice tos de buenas noches mientras pienso: tal vez la clave de nuestra recién legalizada relación ande por ese camino que, cómo dijo no recuerdo quién, nunca se equivoca: el del corazón.

Y si no, ya tiene su codiciada herencia.


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jueves 2 de julio de 2009

Feliz Cumpleaños


Por Raquel Casas


Hoy M tenía que ir a la peluquería a las 3, después de comer. Reservó hora porque es su cumpleaños y quería estar guapa para la ocasión, para la cena sorpresa que le han preparado sus amigas. En teoría ella no sabe nada, pero el estúpido de su marido se lo contó “para que se pusiera guapa”, y remarcó la palabra “guapa”.
M cumple hoy 50 años y hace muchos que se siente sola; su marido la engaña con la secretaria y su hijo, desde que se fue de casa, ya nunca la llama ni la visita.
Esta mañana se ha levantado muy ilusionada hasta que en el espejo ha descubierto nuevas canas (¿cuándo le han salido?, se pregunta). Luego ha esperado los besos de felicitación de su marido, pero nada, no se acordaba de su cumpleaños, así que le ha tenido que decir “cariño, ¿no me felicitas antes de irte al trabajo?” Y él, con gesto breve y medio gruñido, le ha plantado un beso seco en los labios, le ha rascado la cabeza y le ha recordado que fuera a la peluquería. Enseguida ha cogido el maletín, se ha colocado bien la corbata y se ha ido, como siempre, tras decirle “hasta la noche; sé puntual.”
M se ha quedado inmóvil y sola en el salón mirando cómo se cerraba la puerta. Luego ha hecho lo mismo de siempre, ha puesto música para limpiar un poco la casa, ha llamado a su madre para saber cómo se encuentra y para comprobar que ella también ha olvidado su cumpleaños; ha preparado una gran lasaña para 8 personas por si se presentaba alguien a felicitarla y se quedaba a comer con ella, y ha esperado alguna llamada o mensaje de felicidades. Pero nada. Ese lunes transcurría como cualquier otro lunes y M se sentía cada vez más insignificante.
Se comió sola más de la mitad de la bandeja, directamente, sin plato, y cuando hubo terminado se sintió como una vaca y decidió salir a correr, ya iría otro día a la peluquería, tampoco llevaba el pelo tan mal. Cogió el móvil por si alguien la llamaba.
M llegó al parque y de repente se sintió tan pesada que se sentó en un banco antes de empezar a correr; debía estar tan mal por tanta comida, pensó. De vez en cuando miraba el móvil, que continuaba en silencio. Y decidió volver a casa, ya había descansado bastante.
Por el camino pensó que se estaba haciendo tarde, que tenía que empezar a arreglarse si no quería llegar tarde.
Primero ensayó algunas caras de sorpresa ante el espejo; debía llegar la última al restaurante, a las 22.15, según indicaciones de su marido, donde en teoría sólo la esperaba él para celebrar un cena de cumpleaños íntima y romántica. Romántica, pensó ella, y empezó a reír acordándose de la secretaria.
Todas las caras que ponía le parecían falsas y ridículas, además contó tres nuevas arrugas.
El tiempo corría y no tenía ganas de vestirse ni maquillarse, además no sabía qué hacer con su pelo. Y el teléfono aún sin sonar.
Fue desnuda a la cocina, se preparó un cóctel y tras bebérselo de un trago vio claro qué iba a ponerse. Buscó en el armario aquel vestido tan impresionante, el de novia de Frankenstein que confeccionó un año para carnaval. Se lo probó y aunque le quedaba un poco estrecho pensó que le sentaba fenomenal, por lo tanto iría así a la cena. Buscó la peluca, no podía presentarse con aquellos pelos, y al ponérsela lo vio todo claro y se sintió mejor que nunca.
Condujo rápidamente hasta el centro, entró de aquella guisa en el restaurante y tras observar las caras de estupor de amigas y marido ante semejante imagen les dijo: “¡Oh, qué gran sorpresa! Tanta felicidad me mata!”


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miércoles 1 de julio de 2009

SILBAR UNA ALEGRE CANCIÓN

Por José G. Obrero


Subía la Quinta Avenida silbando una alegre canción que había escuchado en la radio. Todo parecía brillar en Manhattan después de estos años y no podía evitar pensar que parte de ese brillo era un regalo que me pertenecía, una suerte de guiño de la ciudad a quién durante tanto tiempo había echado de menos.
Linda vivía en un ático del Upper East Side desde donde se divisaba todo Central Park. Antes de la guerra solíamos pasearlo y aprovechábamos la sombra de algún árbol para besarnos y jugar a las promesas de futuro. Ahora, mientras cruzaba la Calle 58, pensaba en lo lejos que quedaba Sicilia, París o Berlín y con ellas, la muerte y la locura, a pesar de haber estado en ese infierno una semana atrás. “¡Capitán Pooley! Qué alegría verle de nuevo por aquí. Permítame. La señorita Linda le aguarda en el salón” dijo Katy, mientras se llevaba con diligencia mi sombrero y mi abrigo, “¿Quiere que le sirva alguna copa?”. Negué con la cabeza y me dirigí hacía el salón .Abrí las dos puertas. Lo hice sin llamar. De lo contrario me hubiese dicho que esperara un momento. Le habría dado tiempo a secarse las lágrimas y a guardar la fotografía del joven suboficial que ahora trataba, inútilmente, de ocultar en su espalda. “¡Qué pasa aquí! Le grité. “¿Quién es ese?” y le agarré los brazos con todas mis fuerzas. “¡Te he hecho una pregunta, maldita sea! ¡Contesta!” En vano trataba de decirme que le soltara, que le estaba haciendo daño ¡Responde, zorra!”. Linda comenzó a gritar pero sólo cuando la hube golpeado pude calmarme lo suficiente como para poder escucharla. Secándose con un pañuelo la herida de la comisura de los labios Linda me dijo. “Paul, has estado mucho tiempo fuera. No sabía si volverías con vida”. Me derrumbé en el sofá y comencé a llorar ocultándome el rostro con las manos. Linda prosiguió: “aquí la vida continuaba Paul. Era difícil imaginar que pudiese haber una guerra, imaginar qué podía ser una guerra. La ciudad marchaba con su ritmo habitual. Música en la radio, taxis circulando, enamorados paseando por Washington Square, chicos y chicas saliendo a divertirse. Qué difícil pensar qué tú no estabas Paul, y que en algún rincón de Europa te estaban disparando”. "Hace dos años conocí a Nick en una fiesta que mi amiga Rose dio a dos manzanas de aquí. No le presté atención en toda la noche a pesar de que no dejaba de seguirme con la mirada. Me pareció un tipo vulgar, casi inquietante. Tan moreno de piel y con esa enorme cicatriz cruzándole la mejilla. Tan sólo su uniforme de teniente le daba un aire de respetabilidad. Se acercó con una copa de vino para mí y lo agradable de la temperatura en la terraza como excusa para iniciar una conversación. Al contrario de lo que pensaba resultó ser una un tipo amable y simpático, alguien de fiar. Cuando terminó la fiesta me propuso acompañarme a casa y yo accedí. Pero lo que pasó no importa, de verdad. Ni entonces ni en los meses sucesivos. No llores más Paul, no pasó nada importante. Tras este tiempo de permiso que compartimos volvió al frente y no supe nada de él hasta hace unos días cuando vino a visitarme. Tú ya habías vuelto. Estaba demacrado, con la mirada extraviada. Le pregunté si no se sentía feliz por el final de la guerra y negó con la cabeza. Olía a alcohol. Entonces empezó a hablar y hablar y hablar. Dijo que debía ser sincero, que debía contarlo. Explicó como era el paisaje en ruinas de Berlín, con todos los edificios convertidos en esqueletos de hormigón. Una ciudad agujereada donde sólo habitaban las sombras, fantasmas. Niños harapientos corrían por encima de las ruinas que cubrían a los cadáveres, chicas famélicas buscaban sustento para sus familias. Hombres humillados hacían la vista gorda para sobrevivir. Le cogí la mano y me miró fijamente. Sigue hablando Nick, le dije mientras sentía que el cuerpo entero se me helaba. Los oficiales norteamericanos se aprovechan de su situación para violar a las chicas alemanas. En el mejor de los casos les dan comida a cambio de servicios sexuales. Todo el mundo lo sabe, sus padres, sus maridos. Ellas están pagando los platos rotos de esta guerra. He sufrido mucho con esto, Linda. Desde el principio he tratado de denunciarlo a superiores pero también están en el ajo. Me han tratado como a un apestado, me han dado una paliza. Incluso un capitán, un tal Pooley me ha amenazado de muerte. Una chica alemana vino corriendo hacía mi y comenzó a decirme entre gritos que la ayudara que un tipo la tenía retenida desde hacía días, antes de que terminara de explicármelo el tal Pooley le disparó en la cabeza. Luego me encañonó y me dijo que si contaba algo de esto me volaría la tapa de los sesos. Esa imagen me persigue, Linda, no puedo olvidar todo lo que he visto en Berlín”.
“Por eso lloraba, Paul, porque no sabía si tendría las fuerzas suficientes como para preguntarte si ese capitán Pooley, ese sanguinario, eras tú. Si es el mismo tipo elegante y educado que viene ahora a visitarme con su traje de tweed, el mismo que busca una emisora en la radio y mientras me toma por la cintura para bailar me dice que esa música le estremece. El que se emociona con una película…” No le dejé terminar. Me incorporé sin decir nada y le pedí a Katy mi sombrero y mi abrigo. Me dirigí a la orilla del East River y comencé a recordar todo lo que había vivido en la guerra. Sólo los maullidos de un gato escuálido me sacaron de mis cavilaciones. Lo tomé en brazos y decidí llevármelo a casa. Cuando descendía por Broadway le susurré al oído: te llamaré Nick.

martes 30 de junio de 2009

Extremidad

Por Carlos Rull

Sostuvo durante mucho tiempo que su mano derecha le hablaba. Evidentemente, la mayoría le consideró siempre un loco simpático, una alienado gracioso, un personaje extravagante que servía tan pronto para la compasión como para la burla. Según él, su mano derecha tuvo personalidad y voz propia desde que acudió al especialista por un extraño bultito en el brazo. El dermatólogo, viéndolo muy preocupado, afirmó que no era peligroso, un pequeño quiste de grasa, dijo, se puede extraer si así lo desea usted pero le quedará una fea cicatriz. Déjelo entonces, doctor, no me molesta, afirmaba haber respondido sin demasiada convicción.
De las voces que acompañaron desde el principio al pequeño quiste no le dijo nada al dermatólogo, pero sí al psicólogo al que acudió semanas después. Nervios, estrés y una vida sexual poco satisfactoria, le aconsejo unas vacaciones y que eche una cana al aire, fueron el diagnóstico y el tratamiento que recibió. Pero la voz no se iba. Con el tiempo no sólo se acostumbró a ella, sino que se le hizo necesaria e indispensable. Se dio cuenta de que aprendía y pensaba más y mejor gracias al constante diálogo con la díscola y vivaracha extremidad. La independencia del miembro alcanzó incluso el ámbito físico, y la mano aprendió con el tiempo a moverse a su voluntad. La mano y él, no obstante, no dejaron jamás de estar perfectamente compenetrados. Por supuesto, los extraños gestos que implicaba tamaña autosuficiencia manual pronto acrecentaron su fama de persona excéntrica o aun perturbada.
Ambos decidieron dar rienda suelta a la esquizofrénica relación a través de unos cuadros que alcanzaron notable éxito entre ciertos marchantes de la región. Él dibujaba el concepto, la mano añadía los detalles y enriquecía la lectura con otra visión. La mayoría de críticos coincidieron en señalar la multiplicidad de posibles lecturas y la riqueza de matices y perspectivas, algunos incluso sugirieron que tras el artista podía esconderse un colectivo que prefería permanecer en un provocativo anonimato.
Cuando tuvo el accidente de coche - al parecer pretendía sostener una discusión con su mano mientras conducía y ésta se puso muy nerviosa - tuvo que someterse a varias operaciones. Pasó varios días inconsciente. El dermatólogo pensó que era una buena ocasión para eliminar aquel pequeño quiste que tanto preocupó años atrás al ahora famoso pintor: tendría al menos una pequeña alegría al despertar.


© de la imagen: http://www.juliaardon.com


domingo 28 de junio de 2009

SOLEDAD

Por Rufino Pérez


Sin quererlo. Sólo el momento. Unos ojos, la voz y un encendido deseo que va creciendo.

Ahora sin voz, sólo el momento. A solas y sin voz. El deseo lleva las manos, las manos que abrazan un deseo.

Es el abrazo deseante, es la voz que no llega y es el momento de dejarse caer, dormir, soñar, sentir el tiempo, el tic tac del reloj que hace pasar las horas, que él lleva con los ojos abiertos, inmóvil, deseando que el alba rompa el momento; abrazado al borde de una cama. Momento en el que alguien vendrá de inmaculado blanco y le ayudará a cambiar de postura. Momento, aquel terrible instante de impacto y estruendo. Afortunadamente ahora está fuera de peligro.

sábado 27 de junio de 2009

LOS BESOS DE CATULO




Por C. Valerii Catulli Carmina (traducción de Juan Manuel Rodríguez Tobal, editado por Hiperión, 1991).



Vivamos, Lesbia mía, y amemos,
los rumores severos de los viejos
que no valgan ni un duro todos juntos.
Se pone y sale el sol, mas a nosotros
apenas se nos pone la luz breve,
sola noche sin fin dormir nos toca.
Pero dame mil besos, luego ciento,
después mil otra vez, de nuevo ciento,
luego otros mil aún, y luego ciento...
Después, cuando sumemos muchos miles,
confundamos la cuenta hasta perderla,
que hechizarnos no pueda el envidioso
al saber el total de nuestros besos.

viernes 26 de junio de 2009

OBSESSIÓ












Per Mercè Mestre







Tot el que veiem, tot el que som, tot el que sentim està sotmès als capricis de l’atzar.
I l’atzar de vegades s’equivoca d’angle de visió, de cantonada.



Quieta, clavada, com cada dia, a la cantonada del carrer de la Palla, enfundada en la meva faldilla de batalla, platejada, ajustada i elàstica, que revela tots els detalls exteriors i interiors del meu cos: corbes, relleus, precipicis, cavitats, imperfeccions, tresors, textures, sorpreses tendres, dures, mengívoles, verinoses, cruixents, regalimoses, fredes, tèbies, calentes, t’espero. Caníbal i nocturna com una planta perillosa. Felina, reina, metàl·lica. Amb la turmellera de cargols, els llavis daurats, les parpelles glaçades. Ansiosa com cada nit. Desesperada. T'espero.

No sóc com t’imagines, vulgar, superficial i banal com les altres. Jo sóc diferent: profunda, sensual, laberíntica, misteriosa. Guardo secrets amagats per a tu, només per a tu. No et decebré. Sóc experta, porto molts anys al carrer i sé que em necessites. Et veig passar cada vespre carregat, suat, de vegades excitat, mirant-me de reüll. I jo et repasso de dalt a baix. M’agrada l’ondulació del teu cos fort i prim, la teva esquena llarga, el ritme elegant que marca la teva cintura baixa, les teves natges, les teves cames poderoses, que vull enllaçar amb les meves, el teu ritme elegant, segur, la cadència sensual amb què camines. Puc sentir com m’abraces per darrere, com em mossegues, com m’acaronen les teves paraules, els teus llavis, les teves pestanyes, el perfum de les teves mans sota la meva roba. Acosta’t, rei, i et deixaré fer tot el que desitges. Seré la teva esclava més submisa, la teva meuca, el teu petit...



(La nit fa un gir místic sobre els seus talons. Impacient, un alè convuls, una respiració entretallada, una ombra eriçada amb aparell digestiu d’assassí i ànima daltònica s’acosta a la seva víctima)



... PERÒ, però què fas? Ei, que t’has tornat ximple? Per què em gires? Deixa’m! Em fas mal, desgraciat! No em fiquis mà, no m’arrenquis la faldilla, malparit! Auxili! Ajudeu-me... que em vol robar! Bèstia, més que bèstia! M’he passat tot el dia aquí, a la cantonada, i ara ha de venir un tio merda a treure-m’ho tot! Què t’he fet jo, escurapapereres, buidallaunes, tros d’animal, xulo, més que xulo? Em fas mal, em trenques el braç. Deixa’m, no em toquis més el cul amb aquests guants fastigosos d’escarabat... torna'm l'encenedor! TORNA’M EL QUE ÉS MEU! No, no, no, que està boig! Que em mata, que em mata! Policiaaaaaaaaa!



-I cada dia el mateix numeret. No puc més! La culpa la té la puta paperera de la cantonada, que és més puta que paperera. Sí, senyor agent, és aquesta, la que no es deixa buidar. Em mira, em crida, em provoca. Puta, més que puta! I què podia fer jo? L’havia de fer callar, m’ho estava demanant a crits... Parlaré amb el cap de la brigada de neteja perquè em canviï de zona o pararé boig...





SECCIÓ DE NOTÍCIES


Fa 2 hores 58 minuts


Aquesta nit han detingut un operari de la neteja al carrer de la Palla mentre intentava cremar viva una prostituta. Es tracta d'un conegut piroman amb un trastorn de la personalitat que el fa extremadament perillós ja que agredeix les dones, a les quals confon amb papereres públiques, i les violenta perquè no es deixen “buidar”. L'alarma s'havia estès pel barri aquestes darreres setmanes, i especialment entre les prostitutes que treballen al carrer. En sentir els crits de la dona, una patrulla de policia s'ha presentat en el lloc dels fets i ha pogut identificar i detenir l'individu.






jueves 25 de junio de 2009

Una giornata particolare



En el 5è aniversari més silenciós, íntim i petit;
tant que, com les coses del cert importants,
hi cap dins la galàxia
entre la tricúspide i la mitral
sense generar interferències;
i en honor de les veus i les llengües que malden
perquè l’exercici de la memòria
sigui una pràctica (sexual) incombustible




Per Antonietta Felice,
dedicat a Gabriele Peruggio




© de la foto Alfred Einsenstaedt



Diuen les males llengües que la instantània més famosa del ’45 va ser un muntatge: que la infermera d’uniforme immaculat sense estrip, llàntia ni rebrec, i el marine postadolescent d’abans de la guerra freda, no feien més que el préssec envoltats del confeti al dessobre l’asfalt de Nova York quan es petonejaven amb abandó aquell migdia del 14 d’agost, mentre un eixam de vianants - extres somreien beneitament sota les ordres de l’Einsensdaedt. Però jo sé del cert que això és només que un infundat rumor, perquè la infermera de blanc de la fotografia... sóc efectivament jo, Antonietta Felice.

El noi em va fer el pes de seguida que se m’apropà, amb ànsies de celebració però també amb una necessitat d’alliberament sexual palesa en el delirós fregament del seu entrecuix amb el meu pubis, enmig d’aquell tango excèntric i exhibicionista que ens vam empescar. En pic el fotògraf premé l’obturador, li vaig prendre la mà i vam fugir de la gentada, la joia de la victòria encara bategant dins nostre i la sang bullent, esperonant-nos cap a l’hospital on jo estava destacada a dues cantonades de Times Square, amb l’escalf de la prometedora llaçada, inequívoc, encara a la corba de la meva cintura. La cambra de les infermeres de guàrdia era esquifida i incòmoda, però estava buida i en vam poder gaudir a cor què vols.

Primer fou una dansa a peu dret, silenciosa, sense enlairar a penes les cames, continuació del ball començat a la plaça; els meus membres esllanguits, tal com surten a la fotografia, somorts i pesants amb el cúmul de flegma i sèrum, submisos a les ordres d’un cos famolenc, molt més jove que el meu. Mai un xiuxiueig rude amb accent del mig-Oest havia fet de mi aquell sac de gemecs incapaç de mobilitzar un sol múscul a voluntat; només el cor obeïa d’esma, i els pulmons marcaven una respiració més i més frenètica, esmorteïda només que amb la pressió dels seus llavis de flama, les galtes enrojolades, els palmells frisosos estirant-me amb deliberació cap al migrat jaç de la cambra comuna.

No vam arribar a arrencar-nos la roba. Em murmurava obscenitats, amb un fil de veu mig tallada arran de clatell i esfondrant els dits fràgils i prims en el doll dels meus cabells, etzibant-me ‘meuca’, ‘porca’, ‘bagassa’, perdudament erotitzat en mans de les meves mitges blanques: ah aquella cicatriu allargassada del darrere, tan idònia per lliurar-se a fetitxismes secrets!; i jo em reia, em reia, em reia de gust, amb plaent i profunda sonoritat.

Em va esquinçar els pantis amb espentes maldestres de cow-boy inexperimentat, fent-les lliscar cames avall fins als genolls, grapejant la carn tèbia al dessota, cercant a les palpentes el centre del meu plaer. I jo, amb l’expertesa guaridora de cossos desballestats i l’embriaguesa del triomf, maldava per arribar al seu, descordant, despassant, travessant pells i cotons fins a desfullar el cor del seu sexe.

Va voler que ho féssim a la manera convencional, ell a sobre meu, desbotonada la part de dalt del vestit, masegant-me els pits per sobre la roba interior com més m’agradava llavors, llepant-me els mugrons per l’obertura de l’escot, xarrupant-me’ls amb ànsia fins que ja no foren més que dos receptors elèctrics morats i tumescents, connectats directament al meu clítoris, que m’embogien la pelvis fent-la gronxar-se i gronxar-se sense aturador. Jo li pessigava la carn ferma del tors amb una mà a través de la tela rugosa de la camisa, mentre amb l’altra li fregava l’escrot de testicle únic engrapant-li la base del fal·lus, oh el meu soldadet rural!, abans no el tingués prou violat i turgent perquè me’l pogués encaixar amb fúria i de cop fins al fons del trau: no paris, no paris, no deixis de burxar fins a vessar del líquid espès i enganxós la negror del cau!

Es va escórrer de seguit que el vaig tenir dins, sense avís, amb un ronc que fou quasi un plor sec i malenconiós. I llavors, la meva beina insatisfeta va aprofitar la vigoria dels 20 anys i fui jo qui se’l follà, davant la seva esbatanada incredulitat. El membre abaltit no va trigar a correspondre a altres calideses, mentre un regalim m’amarava les mitges, emmidonava el blau mariner dels seus pantalons i la flassada esgrogueïda. I quan la inflor prometia altre cop delits humits i entusiastes el vaig posseir com el meu recluta americà no havia tingut ocasió de conèixer encara, amb un bressoleig pelvià i minúscul que li va llevar l’aire.

El vaig retenir llargs moments, en renglera, gaudint d’un vaivé de breu recorregut, encerclat el seu pubis amb abraçadora amazònica, i li arrambava la cara al coll, xuclant la pell tibant i deixant anar l’alè a cau d’orella, sense xiscles, contenint l’esclat íntim i el bram fins que l’arqueig i els espasmes foren inevitables. I ell em va fer el present altre cop, quasi al mateix temps que jo, d’un raig calent i escàs abans les mitges estripades no em fessin un séc al tou de la cama que m’obligà a descavalcar-lo, mentre li besava a sobre les parpelles, les galtes, els llavis, i li feia festes de paraula en honor d’aquella intimitat plasent del tot inesperada.

Fumàvem estirats al matalàs, sadolls, narcotitzats, temorosos que no haguéssim de sortir a corre-cuita en sentir la remor de veus i les rialles de les companyes pel passadís de l’hospital que tornaven a la feina. Llavors em confessà que es deia Gabriele i que havia nascut a Lexington, Nebraska. Només tenia 21 anys i feia 3 mesos que, amb els companys supervivents de lleva, havia retornat del front occidental d’Europa.

Un interrogant, però, preservo d’aquella jornada particular, irresolt i espessit amb el pòsit dels anys escolats: per què vestia el meu digne soldat, doncs, l’uniforme de la marina el dia de la declaració de l’armistici?




miércoles 24 de junio de 2009

TRES COLEGIALAS CALIENTES SE TIRAN AL PRESIDENTE



Por José G. Obrero








Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.
Las tres niñas que aparecen en el relato ya han cumplido los 18 años.

Qué quieres que te diga, Mariano, que hago muchos sacrificios por todos vosotros, joder, por todos, incluyendo a los hijos de puta de los periodistas que me quieren hundir y a los podridos de la oposición. No duermo apenas, a veces lo que tarda en subir el café. Pongo el café en el fuego, me duermo y cuando empieza a gorgojear, me despierto. Bien es cierto que alguna vez he tenido que recurrir a ese polvo blanco y amargo para poder seguir mi actividad pero pocas para todas las que lo hubiese necesitado. Muchos sacrificios y mucho esfuerzo. No tengo vida propia. Mi pelo se volvió blanco en pocos días o se cayó por la actividad frenética de llevar el timón de este país ¿Me oyes, Mariano? El pelo que no se tornó cano es porque se fue por el desagüe. Tuve que ponerme implantes. Merezco disfrutar de la vida, ¿no, Mariano? ¿No te parece? ¿A qué viene tanto revuelo? ¿Qué hubiesen hecho ellos en mi lugar? ¿Te lo digo yo? ¿Sabes lo que hubiese hecho todos y cada uno de los cabrones de este país si hubiesen sido presidentes y hubiesen tenido mi fortuna? Lo mismo, Mariano. Ellas son tan bellas, ¿qué alma sensible podría sustraerse al encanto de esas boquitas apenas destetadas? ¿De esos pechitos ardientes que esperan ser apagados por la lengua de un hombre, de su papi? ¿Y qué me dices, Mariano, de esas caderas y esos abdómenes lisos que señalan la ruta hacia al pubis? El sabor de los sexos juveniles es ambrosía: embriaga, perfuma. Tú lo sabes Mariano, ellas son las que se acercan, las que me buscan. ¿Recuerdas las últimas? Eran tres e irrumpieron con sus risas juveniles en el camerino donde estaban a punto de maquillarme para una entrevista. Le dije a todo el mundo que nos dejaran solos: a maquilladores, guardaespaldas, asesores, todos fuera. ¿De cuánto tiempo dispongo? Pregunté. Media hora señor Cazzoni. Media hora para estar en el cielo con aquellas niñas nacidas del sueño de Baco. Con sus coletitas y sus ropas de alumnas de colegio católico. Zorrillas, cómo se cuentan unas a otras los gustos de su papi. Les dije “venid con papá, sed buenas nenas” y dos se me sentaron en las rodillas susurrándome al oído “papi, papi, no seas malo”. No pequeña, no te voy a hacer daño, todo va a ser bueno. Verás qué rico. Y ya la tercera se arrodillaba y con pericia extraía mi polla y se la metía en la boca. Mariano, no era la primera vez que esa niña hacía una mamada, ni la centésima. Una felatriz nata. Ya la lengua de otra se movía dentro de mi boca y depositaba la pastillita azul, milagrosa pastilla que tan buenos momentos me está regalando en mi vejez, y la tercera lamía mis pezones mientras yo le decía “gatita, eres una gatita traviesa” y al azotar su culo maullaba “¡miau!¡miau!” Ni siquiera la voz del regidor que golpeó la puerta para decir “¡quince minutos, señor Cazzoni!” consiguió distraerme de mi propósito de colocar a las tres contra el tocador: “niñas, miraros al espejo, admirad lo guapas que sois y sacad el culito, ofrecédselo al papi” ¿Sabes lo que es eso, Mariano? La gente mataría por verse en esa situación. Las tres princesitas me entregaban el culo con dulce sumisión. Y una a una las fui penetrando mientras les daba cachetes a la que tuviese al lado “¡miau!¡miau!” contestaban a cada azote. “Papi, papi, de mayor queremos ser importantes como tú” “Pequeñas, no hace falta ser mayor para ser importante, basta con ser obediente” “¿Y qué hay que hacer?” Metértela en la boca más adentro, adentro, adentro…Ya está, no tosas más. Has sido buena”. Mariano, era una locura, mientras ponía a una a cuatro patas y la penetraba por detrás otra de esas cabecitas rubicundas aparecía por debajo y me chupaba los huevos con esmero, otra se ponía justo al lado con las piernas abiertas esperando la embestida. Era demasiado para un pobre viejo. “¿De verdad queréis ser importantes?” les pregunté. “¡Sííííí!” contestaron al unísono, “Entonces tenéis que poneros de rodillas y rezar, así arrimaditas unas a otras” las tres unieron sus caras tanto como para que sus bocas se tocaran. Entonces les dije “prepararos para recibir mi bendición, rezad con las manos juntas y abrid las bocas” y mi semen resbaló por las tres lenguas como si fuese una ostia derretida. “¡Dos minutos señor Cazzoni!” Las despedí con un beso en la mejilla y la promesa de un futuro inmediato brillante para ellas.
Ya en el plató cuando el entrevistador me preguntó por las políticas que iba a llevar a cabo en materia de juventud, no dudé en afirmar que para mí y mi gobierno la juventud es prioritaria porque es nuestro mayor capital, lo mejor que tenemos. ¿Tú qué opinas, Mariano?